La Nueva Normalidad Educativa

Actualizado: 1 de ago de 2020

Por: Equipo Editorial del Laboratorio de Inspiración Educativa


Entre finales de julio y principios de agosto, y aún con la indefinición de las autoridades educativas de si el inicio y los primeros meses del ciclo escolar 2020-2021 serán presenciales o a distancia, se aprestan cientos de miles de trabajadores de la educación, públicos y privados, para iniciar un nuevo año lectivo.

Será un ciclo escolar distinto, pues en prácticamente todo el mundo, hace meses que no se tienen actividades escolares presenciales, lo que ha sumido a muchos docentes en la frustración de no saber cómo lograr los objetivos educativos que tenían encomendados.

No es difícil pensar que la mayoría de estos, incluyendo a muchas autoridades estatales y federales, están a la espera de que los contagios por coronavirus disminuyan o la vacuna que acabe con esa enfermedad se encuentre, para volver a la normalidad, para “regresar a cómo estábamos a inicios del año”, es decir, a un esquema de vida y profesional al que ya se estaba acostumbrado, pero que era evidentemente ordinario, tradicional, rutinario, pasivo, y que no aparentaba mayores retos, si es que el histórico fracaso educativo no significara reto suficiente.

No obstante, e independientemente de que en algún momento el COVID-19 no sea ya un problema grave de salud, las personas, especialmente los profesionales de la educación, debemos comprender y convencernos de que efectivamente vamos a transitar a una “nueva normalidad” (NN) , y que esta no debe de ser únicamente en cuestiones sanitarias, sino en todas las dimensiones del ser humano, en la que el conocimiento y la formación integral cobrarán especial relevancia.

Es que esa “nueva normalidad” (NN) que, así como los “nuevos pesos” de los años noventa, muy pronto será solamente “la normalidad”, debe surgir de la reflexión y los aprendizajes que nos ha dejado esta trágica pandemia y el no menos desolador distanciamiento social. Rescato algunos aspectos:


1. Valorar nuestro tiempo.

Si algo hizo la pandemia del coronavirus fue golpearnos en la cara, duro y directo, sin avisar siquiera. Sin darnos la posibilidad de prepararnos, miles de millones de personas fuimos enviadas a casa, millones se enfermaron y cientos de miles fallecieron, lo que de un instante a otro nos impidió hacer lo que teníamos planeado, ya fuera en nuestra vida cotidiana, en nuestros próximos proyectos o en nuestra más grandes aventuras.

La NN nos debió de haber enseñado a no posponer más lo que queremos hacer, lo que intentamos sentir o lo que deseamos expresar.

No esperemos a que se acabe el distanciamiento social para hacer una llamada telefónica, escribir una carta, grabar un video, hacer ejercicio, cultivar hortalizas y frutas, leer libros, iniciar una nueva profesión o aprender nuevas habilidades, dormir hasta tarde, emprender un negocio, apoyar una causa social, hablar con quien queramos. En este mismo instante, desde casa (ya después lo haremos frente a frente), podemos establecer una comunicación y abrazar a nuestra gente a la distancia.

Esa nueva normalidad es no perder el tiempo, y no me refiero necesariamente a cuestiones productivas, sino a todo aquello que deseamos que forme parte de nuestra vida y de nuestra historia.


2. Priorizar a la persona.

Otro aspecto vital es darle la máxima importancia a las personas: el bienestar emocional y material de todos debe de ser el principal objetivo de nuestro ser de ahora en adelante.

Debemos actuar para contribuir y asegurarnos de que aquellos que nos rodean estén bien. principalmente los estudiantes, padres de familia, colegiado docente y otras figuras de apoyo.

Debemos aprender a hacer acto de presencia con los demás, y cuando estemos, a hacer acto de conciencia, con empatía, escucha activa, comprensión y ayuda, hay beneficios que podemos lograr con el simple hecho de “estar allí”.

Además de la ética del cuidado que los docentes ya conocemos, hay que sumarle el concepto de “dolor evitable”, es decir, no ser omisos en algo que podamos hacer que impida una afectación de los otros, desde detener una burla entre compañeros, hasta apoyar con bienes materiales.

Desde hace un par de décadas por lo menos, los modelos educativos han intentado poner en el centro de su estructura al estudiante, yo iría más allá, lo más importante debe de ser la persona, el individuo, aquel ser humano que es más que un sujeto de aprendizaje. Priorizar sus emociones, sus intereses, su alegría, su esperanza, su bienestar físico, su plenitud personal al mero logro educativo de aprendizajes alcanzados, debe ser una constante en nuestro desempeño profesional.


3. Dimensionar el aprendizaje.

Una reflexión más que nos debió dejar esta larga contingencia, es darnos cuenta que el conocimiento no solo es el conjunto de datos que nos permiten tener información, sino que este debe ser la piedra angular para desarrollar habilidades que, unidas a la inteligencia y a la conducta adecuada, nos permitan utilizarla a favor de nosotros mismos, de otros, y de la raza humana en su conjunto.

Es decir, el desarrollo de competencias -o aprendizajes clave, según nuestro modelo educativo actual- debe integrar como una santísima trinidad los conocimientos, habilidades y actitudes para desempeñarse exitosamente en una situación dada, si falta cualquiera de esos elementos, difícilmente se funcionará de la mejor manera.

En este tenor, la adquisición de aprendizajes se origina de múltiples maneras. No hay, en términos generales, un camino lineal o un procedimiento infalible para que los estudiantes aprendan, por eso es que en el mundo y a lo largo de la historia se han planteado distintas ideas y metodologías. Es por eso también que, aquellos docentes cuya práctica educativa se ha limitado a intentar seguir una idea o metodología como receta, fracasan cada ciclo escolar al ver que sus estudiantes no aprenden lo que deberían y peor, cada vez tienen menos interés de hacerlo.

Hoy en día el mundo es muy distinto: está interconectado, hay más información, hay más democracia, hay un acceso más fácil a bienes materiales y a experiencias de vida, hay más libertad personal y social para decidir qué hacer, qué creer y cómo vivir.

Lo mismo sucede con los estudiantes (y muchos de los jóvenes docentes y padres de familia): son más ágiles de mente, buscan recompensas inmediatas y fáciles, confunden bienestar con felicidad, conocimiento con sabiduría y libertad con displicencia. Se enfocan en buscar soluciones, en disfrutar al máximo cada día, en ser conocidos y aplaudidos por otros. Gustan de la buena vida, han comprendido el valor de ser cliente y con sus exigencias impulsan nuevas tecnologías y un modelo mejor de sociedad, aunque no siempre tengan claro que esa mejora solo se dará en la medida en la que participen en ella.

Esta actualidad no debe tomarse como un reproche, sino como una explicación del contexto que nos obliga a una acción distinta a la que estábamos acostumbrados, que nos reclama la inmediata adaptación a los nuevos tiempos.

Y esto significa comprender que el aprendizaje se obtiene de todos lados, de muchas personas, en cualquier momento, de múltiples maneras.

Los juegos de video que ayer eran vistos como una desagradable distracción hoy son fuente de desarrollo de habilidades; aquella persona que era tomada por ignorante puede sorprendernos con una rica tradición oral; los series de netflix y canales de youtube ayudan a la adquisición de conocimientos de una forma atractiva e interesante y la participación en concursos ya no es solo una actividad extraescolar.

Y va más allá, las propias personas estamos contribuyendo con la creación de contenido que, a la vez que colaboramos al conocimiento de otros, nos genera un aprendizaje significativo al estar haciendo videos, blogs, artículos, seminarios, en perjuicio del conocimiento tradicional de los libros, revistas especializadas, profesionales de élite y sistemas formales de educación.

No estoy por enterrar definitivamente a los esquemas tradicionales, ni por impulsar definitivamente a los mecanismos emergentes, lo que pretendo es que dimensionemos que el aprendizaje ya no es exclusivo de unos, ni limitado por otros, sino que tomemos conciencia que tanto nosotros como nuestros estudiantes vamos a aprender todo aquello que nos interese, sin restricción alguna.


4. Replantear la escuela

Continuando con el punto anterior, al convencernos que el aprendizaje se genera en todo momento, de múltiples maneras y de todas las fuentes posibles, el docente en la “Nueva Normalidad” no debe buscar luchar contra ello, sino aprovecharlo a favor. Debe flexibilizar su actividad profesionalizar para no pretender ingenuamente que los educandos lograrán el perfil de egreso esperado únicamente en la escuela, con las actividades que allí le pongan y en tres, cinco o siete horas diarias.

El docente debe integrar lo aprendido en la vida cotidiana a la escuela y viceversa, debe lograr que la necesidad y el deseo de aprender iniciado en las horas de clase continúen de forma consciente en los estudiantes.

Debe valorar, alentar y facilitar que sus alumnas y alumnos hagan cosas, participen en eventos, compitan en concursos, ayuden en el trabajo de casa, lean todo lo que se presente ante sus ojos, pongan atención a lo que sale en la T.V., se interesen por las noticias, usen al máximo la tecnología, socialicen con distintos grupos de personas, hagan deporte, platiquen con todo mundo, dialoguen en confianza con sus mamás y papás, hermanos, amigos y maestros.

Este replantear la escuela es tener la convicción de somos solo una parte de la vida cotidiana de las niñas y niños, pero si actuamos de forma adecuada, seremos el pivote que regulara sus pensamientos, intereses y acciones. Inspirémoslos a que sigan descubriendo dentro y fuera de la escuela, a que indaguen, experimenten, pregunten, piensen y utilicen todo lo que aprendan.

Que sepan que el objetivo de su vida escolar no es lograr un 10, ni memorizar datos o resolver procedimientos de manera mecánica. Ayudémosles a entender que la escuela es como una cama elástica que los impulsará a saltar cada vez más alto en la búsqueda del conocimiento y la sabiduría para beneficio propio y de la humanidad.

La escuela debe dejar de ser vista como una carga de actividades sin sentido para los estudiantes, no debe concebirse más como una guardería para los papás ni debe ser solo un “buen trabajo” para los docentes.

La escuela debe ser un elemento principal de la comunidad social, un ente abierto y en constante comunicación con los negocios, las iglesias, el centro de salud, las escuelas de otros niveles, los parques, los centros sociales, las bibliotecas y centros de cultura, para que junto con las familias se aseguren que en todo momento, y de manera imperceptible, todos los miembros de la comunidad, sobre todo aquellos en edad escolar, aprenden y mejoran su persona a lo largo de todo el día, de cada día.

Debemos dejar el pasado atrás, no debemos luchar por una escuela caduca que se concibe como la única depositaria del conocimiento, como la única responsable del aprendizaje de los pequeños, pues no es la única institución interesada en contribuir con el crecimiento de las personas.


5. Adaptarnos a la incertidumbre.

Ya hace tres administraciones estatales, el gobernador en turno del estado de Guanajuato, Juan Carlos Romero Hicks recitaba constantemente en sus discursos que “lo único seguro en nuestra vida es la incertidumbre y el cambio”.

Así es que no debemos estresarnos tanto por la situación que estamos viviendo de indefinición por el nuevo ciclo escolar, ya que así como en marzo, de un día a otro nos mandaron a nuestras casas, en cualquier momento nos podrían enviar a la calle y ya no poder disfrutar de las 24 horas en nuestro hogar, con las posibilidades y libertad de acción personal que esto conlleva. Es decir, siempre añoramos más días de vacaciones para leer, ver televisión, estar con la familia, escribir, armar rompecabezas, jugar juegos de mesa, hablar con amigos y familiares, y si no aprovechamos estas pseudo-vacaciones, el seguro cambio nos las puede arrebatar en cualquier momento.

O, qué tal si por condiciones climáticas nos reubican en otro municipio, o nos ofrecen un empleo o posibilidades de estudio en otro país para viajar ya el fin de semana; o esta u otra enfermedad nos ataca y nos discapacita de alguna forma. O prohiben definitivamente la Coca-Cola, o ganamos 100 millones de pesos con el melate, o deportan a algún familiar de Estados Unidos, o uno de nuestros hijos resultó tener una inteligencia superior, o nos corren del trabajo, o nos ascienden en el trabajo, o tuvimos una Epifanía y decidimos que lo nuestro es cortar cabello.

Nuestra generación, a diferencia de la de nuestros padres, debe dejar de añorar la estabilidad y seguridad, y no porque no sea deseable, sino porque no va a perdurar. Pueden ser cambios pequeños o trascendentales, pero nuestra dinámica de vida está expuesta todo el tiempo a modificaciones, por lo que, más que luchar porque nada cambie, debemos prepararnos para lo que venga.

Mientras más rápido comprendamos y nos adaptemos a esto, mejores docentes seremos para nuestros estudiantes, pues debemos contribuir para que funcionen exitosamente en un futuro que no sabemos como será. Parece que hoy lo importante es que aprenden bien de matemáticas, ciencia y tecnología, quizá en diez años lo importante sea saber de filosofía, astrofísica y artes.

No sabemos cómo será el mundo el día de mañana, ni qué profesiones requeriremos para la mejor subsistencia de la raza humana, pero mientras más alentemos a nuestros niños y jóvenes a que se interesen por lo que pasa dentro y fuera de ellos, a que se conozcan, a que aprendan por sí mismos, a que comprendan la historia de la humanidad, la dinámica de la política actual y las expectativas que tienen tanto los escritores de ciencia ficción como los sociólogos, mejores decisiones tomarán en sus carreras.

Y mientras más les evidenciemos lo inevitable de la incertidumbre del cambio, y les hagamos comprender la inutilidad de apegarse a cosas, situaciones, estilos de vida y personas, más fácil podrán convivir y trascender en este mundo complejo y caótico, guardando en su mente las cosas más bellas y en su corazón a la gente más maravillosa con la que que han vivido, sin que su ausencia sea un lastre emocional o físico para seguir avanzando.

Dar por hecho que las cosas cambiarán no es para aceptar trágicamente nuestro destino, todo lo contrario, es para anticiparnos a él. Para documentarnos y perfilar lo que puede pasar y prepararnos, desarrollando nuevas habilidades, adquiriendo nuevos conocimientos y mejorando nuestras actitudes, sobre todo la de resiliencia, perseverancia y optimismo.

Disfrutemos el tiempo que aun nos quede dentro de casa, con todo el dolor de nuestros corazones por la gente que ha enfermado o fallecido.


6. Integrarse con la tecnología

Siendo congruentes con la incertidumbre y el cambio, es posible que algún día volvamos a la edad de piedra. Un ejemplo muy ilustrativo es la obra de Isaac Asimov, que a lo largo de decenas de cuentos y novelas, nos presentó un futuro milenario de la humanidad en la que se expandió hasta los confines del universo con la ayuda de robots, pero finalmente, y ante el temor de que estos ocuparan su lugar, los humanos decidieron prescindir de ellos.

Pero mientras llega ese momento, nuestra actualidad está configurada por la tecnología electrónica. Dispositivos móviles que están interconectados entre sí y que nos permiten acceder instantáneamente a una cantidad infinita de datos, a comunicarnos con cualquier persona esté en donde esté, a contribuir con nuestras ideas y acciones al resto del mundo, a aumentar nuestras posibilidades de aprendizaje e, incluso, a dejar constancia de nuestro paso por este mundo.

La NN, además de exigirnos el conocimiento, dominio y deseo de utilizar los aparatos tecnológicos, las aplicaciones y la interconexión continua, nos exige invertir en ello. Es decir, no será justificable ya el no tener una computadora que sirva, o no tener internet, o que un virus borró la información (como el perro que se comía la tarea).

La normalidad que es ya nuestra vida cotidiana, debe incluir la adquisición de todo el equipamiento que necesitemos para relacionarnos de manera electrónica con los demás.

La pandemia pasará y tendremos de nueva cuenta actividades presenciales, pero la facilidad y productividad de tener reuniones virtuales, asignar proyectos escolares en una plataforma, compartir información al instante, hacer trámites oficiales sin desplazarnos y con un menor costo, tomarnos todo el tiempo que queramos para comparar precios y comprar productos, compartir nuestra vida con los que no tengamos cerca, dar cuenta de nuestro trabajo y los logros obtenidos, requerirá de una adecuada computadora, wifi en casa y redG fuera de ella, teléfono y reloj inteligente, impresora láser y pronto en 3D, dispositivos de enlace como Alexa, Apple TV y Chromecast.

Lo anterior hablando solo de hardware, hablando de habilidades de software, deberemos de saber usar bases de datos, procesadores de texto, presentaciones, creación de videos, uso de pantalla verde, uso de sistemas de nube para guardar y compartir información, configuración y uso de plataformas escolares y de aprendizaje, creación de retos escolares en aplicaciones como kahoot, hot potatos, scratch, etc., videoconferencias, creación de productos colaborativos en línea, creación y navegación en páginas web, y un largo y aparentemente infinito etcétera (por aquello de la incertidumbre y el cambio).

Lo mismo aplicará, y será deber de los docentes y autoridades escolares promoverlo, para las familias. Deben encontrar la manera de invertir en estas herramientas que requieren padres e hijos para funcionar y coexistir mejor en el mundo actual.

Sabemos que hay personas muy pobres, pero también sabemos de muchas familias que administran de mala manera sus finanzas. Por lo que no debemos suponer que no tienen para computadoras e internet, sino insistir continuamente en la necesidad de contar con ello.

Computadoras e internet son los modernos “libros y cuadernos” de antaño.


7. Convivir con la diversidad

Una buena parte del sector educativo relaciona el término “diversidad” con aquellos que tienen capacidades diferentes a lo que el común de la gente tiene, principalmente a los que tienen alguna discapacidad -o supercapacidad- física o mental, o de aquellos cuyo cerebro funciona tan distinto que aún no sabemos como “clasificarlos”.


A la par, seguimos viviendo con rescoldos del racismo, racismo histórico y mundial, rescoldos que, aunque no aviven un gran fuego, queman más que nunca.

El racismo en México está tan arraigado en nuestra cultura que difícilmente nos damos cuenta cuando nuestros comentarios y decisiones generan exclusión, burla y dolor a otros. Históricamente, aquellos a los que más hemos discriminado han sido los “inditos”, luego llamados “indígenas”, ahora conocidos eufemísticamente como “de los pueblos originarios”. Los de raza negra “afromexicanos”, los pobres, los de una religión distinta a la católica (aunque ahora los más convencidos cristianos son víctimas de burla y escarnio), los “afeminados” y las “marimachas” ahora entendido como los de orientación sexual distinta, los “ñoños” (estudiantes aplicados), las mujeres empoderadas y también otro largo etcétera.

La realidad es que todos somos diferentes y, si de eso se tratara, al hacer una valoración técnica y exhaustiva de cada uno de nosotros, todos seríamos buleables, pues cada uno de nosotros tenemos alguna carencia, defecto, “tic”, prejuicio, condición de vida, forma de hablar, y otras, que causarían risa o desagrado a los demás.




Entonces, la Nueva Normalidad nos exige urgentemente reconocer que la diversidad está presente en todos, y que las diferencias deben de ser para construir, no para destruirnos. Basta ya de conmiserar o de apabullar a cualquiera que consideremos menor a uno.

En la cuestión pedagógica, la escuela y el aula debe diseñar todas las actividades de aprendizaje partiendo de que cada estudiante es distinto, y no para exagerar en la delicadeza de cómo se les habla, sino para considerar sus características para que puedan aprender de la forma más adecuada. Es decir, ir más allá de lo evidente de su persona, y conocer, entre otras cosas: su tipo de inteligencia preponderante, su estilo de aprendizaje, su contexto de vida, intereses actuales y expectativas de futuro, actividades extraescolares en que participe, capacitaciones que haya tomado, habilidades que haya desarrollado desde casa, etc.

La diversidad debe de ser una fuente de riqueza infinita en la formación integral de nuestros estudiantes, debemos comprender la diferencia, apreciar y abrazar lo distinto, porque en eso, nos abrazamos a nosotros mismos.

Para concluir, quiero resaltar lo que jocosamente se dice ya en las redes sociales, que mediremos nuestra época moderna en A.C. y D.C., es decir, “Antes del Coronavirus” y “Después del Coronavirus”; ojalá eso significa también un ND, un Nuevo Docente consciente de su importancia en la sociedad humana y del conocimiento que se está gestando a nivel mundial, para que las nuevas generaciones mexicanas sean plenamente partícipes de ello, en favor del bienestar y la felicidad de todos.

494 vistas15 comentarios

Entradas relacionadas

Ver todo