¿Es el ser humano la especie más inteligente de todas?

Por Sergio A. Mora Cantoral, profesor de la Academia Osmotronik.

Cuando aparecieron los primeros homínidos hace 4,2 millones de años, a las demás especies que gobernaban nuestro planeta, nunca les llamó la atención esta frágil especie de apariencia débil y asustadiza que no demostraba ningún indicio de poderío. Si hubiera sido posible, les hubiera causado risa ver cómo un Australopithecus trataba de llegar a una higuera para alimentarse, tratando de evitar la depredación de los más fuertes.

Hace aproximadamente 200,000 años aparecieron los primeros homo sapiens mediante un largo proceso evolutivo y, aunque poseían características más avanzadas que sus antepasados, seguían sin causar ninguna admiración en la sabana. No fue hasta hace entre 70,000 y 30,000 años que evolucionaron mediante algunas mutaciones genéticas accidentales y aleatorias en las conexiones cerebrales, que se convirtieron en una especie que les permitió pensar de manera única y comunicarse mediante lenguajes más sofisticados, lo que dio paso a la revolución cognitiva.

Y no es que a partir de ese momento, un león o un rinoceronte ya se asustaran al ver un humano, la verdadera razon por la cual esta “nueva especie” se convirtió en la más dominante, fue por su tremenda capacidad colaborativa.

Algunas otras especies como las hormigas o las abejas son extraordinariamente cooperativas, pero lo que diferencia a los humanos de ellas, es que esa colaboración entre millones de individuos, se distingue por el uso de la imaginación.


Es esa capacidad que tenemos de transmitirnos información unos a otros acerca de cosas que no existen en absoluto. Leyendas, mitos, religiones y dioses, aparecieron durante la revolución cognitiva.

Los seres humanos somos la única especie que inventamos, creemos y platicamos de cosas ficticias e imaginadas y no solamente como recreación, sino que las utilizamos todos los días. Por ejemplo el dinero, las corporaciones, los derechos humanos, las naciones, los sistemas de gobierno y un largo etcétera, son las cosas que inventamos y que nos han hecho funcionar como sociedad. Pongamos de ejemplo a un tigre que ha cazado un ciervo para alimentarse. Nunca convenceremos a este tigre de que nos regale su ciervo y que por ese acto de bondad, cuando muera, en el cielo de los tigres, tendrá un número ilimitado de ciervos a su disposición; tampoco podríamos comprarle el ciervo con dólares; no podríamos decirle que será juzgado en la suprema corte de la selva porque infringió los derechos del ciervo, pero que si le reza al dios de los tigres, es posible que se salve. Nada de esto funciona para ninguna especie, excepto para los seres humanos. Nosotros inventamos mediante nuestra vastísima imaginación, el valor del dinero.

Como dice el profesor Harari (2014), aunque los billetes solo son pedazos de papel sin mucho valor, estamos de acuerdo que con distintas cantidades de ellos podemos comprar muchas cosas; además todos estamos de acuerdo que podemos tener dinero en el banco, en nuestras aplicaciones del teléfono y que con una transferencia electrónica, otra persona o empresa ahora poseería ese dinero, aunque en realidad nunca lo recibimos ni lo dimos.


Estamos de acuerdo en que cada país tiene fronteras que las separan de otros países y que las convierten en naciones, aunque en realidad no se vean estas fronteras y por lo tanto no exista esta división en países; solo son pedazos de tierra en los que concordamos que pertenecen a alguien. Estamos de acuerdo en que hay un espacio aéreo que le pertenece a alguien, aunque en el cielo no haya ninguna división ni nada escrito; tampoco hay líneas en los océanos y sin embargo son aguas internacionales que tienen dueño.

La religión no es algo tangible, dos católicos que no se conozcan, que vivan en países distintos, cooperarán con sus limosnas para la construcción de un mismo templo, porque ambos creen en el mismo Dios.


Y así podría continuar dando más ejemplos de cosas que no existen de manera tangible, que no podemos percibir con nuestros sentidos y que hemos desarrollado gracias a nuestra imaginación y capacidad inventiva.

Esta forma de vivir y de transmitir información ha funcionado para el ser humano, no sin muchos problemas, desde que apareció la revolución cognitiva. Pero esta especie tan inteligente que ha llegado a la luna, que ha establecido grandes ciudades, sofisticados medios de transporte, que ha desarrollado la tecnología, la ciencia, los complejos sistemas económicos, de comunicación, etc., está causando su propio exterminio.

Estamos destruyendo poco a poco el mundo que habitamos, con la utilización indiscriminada de combustibles fósiles, contaminando así el aire, el agua y el suelo de nuestro planeta. Todavía quedan algunos genes en nuestra especie, de nuestros antepasados que vivían con miedo en la sabana y por eso generamos inseguridades, ansiedades, temores, que nos llevan a causar asesinatos, guerras, genocidios, feminicidios, homofobia, discriminación racial o autodestrucción. Pero como seres inteligentes, tenemos que inventar y desarrollar nuevas tecnologías para recuperar al planeta, como el sistema de captación de CO2 que existe actualmente en Islandia y que es una maravilla de la tecnología.

Debemos encontrar mecanismos para tratar de disminuir odios entre nosotros mismos, reconociendo que somos individuos de la misma especie. No hay un chimpancé que odie a otro porque es hembra o porque tiene pelo blanco, no hay un oso que odie o se burle de otro oso porque nació bajo de estatura. La inteligencia que hemos desarrollado desde la revolución cognitiva, nos debe servir para mejorar no solamente nuestras economías, nuestra alimentación, nuestra educación y nuestra calidad de vida en general, debe servirnos para tolerarnos más, para reconocer nuestras diferencias, para querernos más como miembros de la misma especie y para proteger y cuidar nuestro planeta, porque no tenemos otro.

Esto es lo que pronostican algunos científicos: El Australopithecus, una especie mucho menos inteligente, con menos habilidades, herramientas y recursos, logró adaptarse a todo durante 2 millones de años; el homo sapiens, a este paso, no alcanzará los 100,000 años de existencia. Si verdaderamente somos la especie más inteligente y dominante, dependerá de nosotros que este pronóstico no se cumpla, para que las generaciones siguientes encuentren una vida mejor.

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