Desmenuzando “La tiranía del mérito”

Por: Mtro. Sergio A. Mora Cantoral



Hace algunos días me encontré con un libro del profesor Michael Sandel, un filósofo político norteamericano a quien sigo desde hace algunos años, llamado: “La tiranía del mérito”. Comencé a investigar acerca del tema y decidí compartirles algunos de los puntos de vista que son la base de su teoría, que me parecieron muy interesantes y que creo que pueden causar cierto nivel de reflexión y discusión. Aquí les dejo algunos de ellos para que cada quien saque sus propias conclusiones, ya que ese debe ser el objetivo primordial al analizar cualquier tópico.

La división entre ganadores y perdedores se ha ido profundizando en las últimas cuatro décadas de globalización, abriendo una gran brecha de desigualdades, no solamente económicas, sino en cuanto a cambios de actitud con respecto al éxito. Los que nacieron en la cima de manera fortuita, por azares del destino o por “la gracia de Dios”, han llegado a creer que su éxito es obra suya, que es la medida de su mérito; y aquellos que no alcanzaron la cima o continúan batallando día a día, no tienen a quien culpar más que a sí mismos. Esto es la base de un principio muy sencillo: Si todos tienen las mismas oportunidades, los ganadores se merecen su éxito.

Esta es la premisa del ideal meritocrático. Pero en la realidad todos sabemos que no es así, no todos tienen las mismas oportunidades de sobresalir. Aquellos niños que nacen en una familia pobre, en la mayoría de los casos, seguirán pobres el resto de su vida y, por otro lado, los padres acaudalados les pasarán a sus hijos, las ventajas que ellos obtuvieron. Este principio tiene fallas en sí mismo, la meritocracia ataca el bien común y, sobre todo, conduce a la arrogancia entre los ganadores y a la humillación entre los que se han quedado atrás; lleva a los exitosos que se jactan demasiado de su éxito, a olvidarse de su suerte y buena fortuna que los ayudó en el camino.


Una de las fuentes más potentes de las reacciones de los movimientos populistas en contra de las élites se da porque estas menosprecian a los menos afortunados. Cuando la globalización provocó desigualdad y estancamiento en los ingresos, las políticas de sus defensores les aconsejaron a los trabajadores que para competir y vencer en la economía global, había que ir a la universidad, que sus ingresos dependían de su aprendizaje en ella. Pero estos consejos tenían una ofensa implícita: “Si no accedes a la universidad y no creces en la economía global, el fracaso es tu culpa”.

Debido a esto, las clases trabajadoras están en contra de las élites meritocráticas. Y hay un punto más. Los partidos políticos en el mundo, especialmente los de centro izquierda, han fallado en manejar la desigualdad, han fallado en su misión histórica que es frenar los excesos del capitalismo y hacerle rendir cuentas ante la democracia, es decir, han fallado en proveer contrapeso a la desigualdad que resulta del capitalismo sin restricción. Así que para resolver esta situación se deben considerar tres aspectos: el rol de las universidades, la dignidad del trabajo y el significado del éxito.


Debemos reconsiderar a las universidades como árbitros de oportunidades, tomando en cuenta que la mayoría de las personas no cuentan con un grado universitario, de hecho en México, solamente el 16% de los jóvenes y adultos cuentan con uno. Así que es absurdo crear una economía que hace del título universitario una condición obligatoria para tener un trabajo digno y bien remunerado y una vida decente.

Que no se entienda mal, asistir a la universidad es muy bueno, aprender y obtener un título es algo importante, así como también lo es ayudar a que las personas que no tengan acceso a ella, lo puedan hacer. Pero esto no es la solución para la desigualdad. La economía debería ser planeada para mejorar la vida de las personas que no tienen título pero contribuyen de manera esencial a la sociedad.

Se debe renovar la dignidad del trabajo, porque trabajar no solamente es ganarse la vida, sino también contribuir a la sociedad y al bien común pero, sobre todo, ser reconocidos por ello. Alguna vez lo dijo Martin Luther King Jr. “Debemos reconocer al que trabaja recogiendo la basura porque su trabajo, a fin de cuentas, es tan importante como el del médico, porque si no recogiera la basura, habría más enfermedades. Todo el trabajo es digno”.

Es momento para modificar las políticas sobre cómo pagar y reconocer todos los trabajos con respecto a su verdadera importancia.

Por último, debemos hacer una verdadera introspección y preguntarnos con toda honestidad desde la moral: ¿Realmente me merezco los talentos que me hicieron progresar? ¿He tenido que ver con vivir en una sociedad que recompensa los talentos que casualmente tengo? ¿O es mi buena suerte?

Insistir en que mi éxito depende de mí, me impide ponerme en los zapatos de los demás. Apreciar el papel de la suerte puede dar pie a cierta humildad. Ese espíritu de humildad es la actitud cívica que necesitamos ahora.

Cuestionarnos algunas frases como: “Si quieres, lo puedes lograr” o “la suerte se la hace uno mismo” y resignificarlas, sería el inicio de una nueva ética del éxito que ahora nos divide, hacia una vida pública menos hostil y más generosa.

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